
Queridos amigos:
Creo que nos debemos una discusión sobre algunas cuestiones de fondo que están afectando a nuestra sociedad y que quedan opacadas por polémicas a menudo estériles. Hay, por lo menos, tres cuestiones que están recibiendo menos atención de la que merecen:
En el caso argentino, sería bueno que analizáramos si estamos haciendo todo lo posible por sanear una de las cuencas más contaminadas del mundo, la del río Matanza-Riachuelo, y si no fuera así, cuáles son los obstáculos que nos impiden avanzar en esta deuda social impostergable.
También es el momento de preguntarnos por qué no estamos calificando como merecen a quienes continúan fumigando a pobladores que viven cerca de los campos de cultivo, con sustancias cuya toxicidad se sigue negando, como si los rendimientos agrícolas estuvieran por encima de la salud pública.
Y parecemos no sorprendernos por la actitud de algunos gobiernos provinciales que reclaman como un derecho el realizar explotaciones mineras en los glaciares. Argumentan que los cinco años de trabajo que darán esas minas son más importantes que los miles de años de agua pura que daría el glacial sin afectar.
Por detrás de estos abusos hay un sistema de valores que los sostiene.
Uno de sus fundamentos es la negación de nuestra pertenencia al medio natural. Si no necesitamos de los ríos, los suelos y el aire, su destrucción no tiene por qué preocuparnos.
Por eso nuestra insistencia en recordar los ritmos de la naturaleza, y, a través de ellos, los vinculos indisolubles que nos unen al resto de los seres vivientes.
Creo que nos debemos una discusión sobre algunas cuestiones de fondo que están afectando a nuestra sociedad y que quedan opacadas por polémicas a menudo estériles. Hay, por lo menos, tres cuestiones que están recibiendo menos atención de la que merecen:
En el caso argentino, sería bueno que analizáramos si estamos haciendo todo lo posible por sanear una de las cuencas más contaminadas del mundo, la del río Matanza-Riachuelo, y si no fuera así, cuáles son los obstáculos que nos impiden avanzar en esta deuda social impostergable.
También es el momento de preguntarnos por qué no estamos calificando como merecen a quienes continúan fumigando a pobladores que viven cerca de los campos de cultivo, con sustancias cuya toxicidad se sigue negando, como si los rendimientos agrícolas estuvieran por encima de la salud pública.
Y parecemos no sorprendernos por la actitud de algunos gobiernos provinciales que reclaman como un derecho el realizar explotaciones mineras en los glaciares. Argumentan que los cinco años de trabajo que darán esas minas son más importantes que los miles de años de agua pura que daría el glacial sin afectar.
Por detrás de estos abusos hay un sistema de valores que los sostiene.
Uno de sus fundamentos es la negación de nuestra pertenencia al medio natural. Si no necesitamos de los ríos, los suelos y el aire, su destrucción no tiene por qué preocuparnos.
Por eso nuestra insistencia en recordar los ritmos de la naturaleza, y, a través de ellos, los vinculos indisolubles que nos unen al resto de los seres vivientes.
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